Marrakech #1

Cuando se llega a Marrakech el caos parece ser el orden natural de las cosas. Hay muchas ciudades en la lista de lugares de conducción un tanto “irregular” y Marrakech sin lugar a dudas puede formar parte de esa lista. Pero no nos engañemos, dentro de ese aparente caos todo parece funcionar con el tiempo y el ritmo preciso. Marrakech es una ciudad en permanente movimiento, a cualquier hora del día, y hasta altas horas de la noche, se observa el deambular de la gente. La ciudad se encuentra en tránsito permanente. Los múltiples mercadillos, dentro y fuera de la Medina, marcan el ritmo de la parte antigua de la ciudad. Marrakech es una ciudad que vibra, que tiene un alma y un ritmo propio de las ciudades de comerciantes y que se puede palpar y sentir en cada rincón de la ciudad.

Si hay unas protagonistas indiscutible en las calles —y lo que no son calles— son las motos. Se trata del medio de transporte por excelencia en la ciudad. En un alto porcentaje se trata de un modelo chino cuyo coste oscila en los 900€ y que permite alcanzar 140 km/h, a pesar de sus dimensiones.

 

 

Tampoco nos podemos olvidar de otros medios de transporte muy útiles para transportar mercancías y personas en las estrechas calles de la Medina y sus zocos.

 

 

El caos, el azar y la suerte deben ser nuestra guías a la hora de recorrer la Medina. Sus calles son el lugar perfecto para dejarse llevar y perder el miedo a la sensación de desorientación que nos transmiten sus estrechos callejones. Resulta imposible seguir una lógica en sus calles, pero ese es precisamente su encanto, esa sensación de ligera exitación que nos provoca alejarnos del espacio de seguridad y adentrarnos en lo desconocido.

Marrakech fue fundada por la dinastía de los almorávidades en 1070-1072.  La muralla de la Medina, con su característico color rojo omnipresente en toda la ciudad, es uno de sus principales signos distintivos. Hoy día viven en su interior unas  620 mil personas, todo un microcosmos —o macrocosmos— dentro de la ciudad de Marrakech. Además de su singular color rojo, que le ha dado a Marrakech el apodo de Medina Al-Ham’rá es decir, en árabe, «La Ciudad Roja», llama la atención las perforaciones que atraviesan toda la muralla. Después de varias elucubraciones tratando de averiguar la utilidad de dichos agujeros, descubrí que se trata de un mecanismo para dejar pasar el aire y evitar que las tormentas rompan la muralla. Una muralla que ha sido declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

 

 

 

A las afuera de la ciudad nos encontramos con el Palmeral de Marrakech, una zona hoy ocupada por hoteles y residencias de lujo y que tradicionalmente ha sido un espacio utilizado para la obtención de madera y dátiles. Las autoridades están replatando la zona y se observa un esfuerzo por mantener este magnífico palmeral que ocupa más de 13.000 hectáreas. Cuenta la leyenda que cuando los almorávides cruzaron a la Península Ibérica en el siglo XI al mando del emir Yusuf ibn Tasufin, dejó a su esposa y a una parte de su ejército en Marrakech. Los dátiles que comieron mientras esperaban el regreso el emir dieron lugar a este magnífico palmeral.

 

 

Y si hablamos de elementos del paisaje de Marrekech, no podemos olvidarnos de los cientos de turistas que forman parte inevitable del  paisaje urbano, incluida yo, buscando esa foto para nuestro álbum de recuerdos o para realizar esos artísticos montajes fotográficos, con selección musical incluida, con la que “deleitamos” a nuestra familia y amistades a la vuelta de nuestras vacaciones. En mi caso, este año me lo van a agradecer, ya que simplemente les mandaré un enlace a mi blog.

 

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